San Sebastián
Pío Baroja
El País Vasco, 1929
Yo nací en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872. Soy guipuzcoano y donostiarra; lo primero me gusta, lo segundo menos. Hubiera preferido nacer en un pueblo, entre montes o en una pequeña villa costeña que no en una ciudad de forasteros y de fondistas. Me hubiera parecido más pintoresco.
El convencional Garat, que era de Bayona, solía decir siempre que era de Ustáritz; yo podría decir que soy de Vera del Bidasoa; pero no me engañaría a mí mismo.
No siento gran entusiasmo por San Sebastián por varias razones. Primeramente, el pueblo no es pintoresco, pudiendo haberlo sido: tiene calles rectas, que son todas iguales, y dos o tres monumentos que son medianos. Yo creo que en monumentos públicos hay que tenerlos muy buenos, o si no, no tenerlos. Hay cosas en donde no se acepta lo mediocre. Allí donde los donostiarras, en colaboración con los madrileños, ponen la mano, se levanta una cosa vulgar. Ya han afeado y municipalizado el monte Igueldo; ahora están afeando el Castillo; y el monte Ulía; si pudieran, afearían y municipalizarían el mar para ponerlo a gusto de los forasteros de la Mancha o de la Sierra de Cazorla.
Yo no tengo espíritu de esteta. Lo necesario es más importante que lo bonito. ¿Para qué adornar la ciudad con bagatelas de bazar?
(...)
Respecto a las señoras, que algunas en verano parecen princesas, tienen en invierno tertulias en donde juegan al julepe. ¡Al julepe! A madame Recamier le daría un ataque de nervios este nombre de botica.
San Sebastián tenía fama de ser un pueblo alegre. Ahora ya no lo es. Había una canción en vasco que decía:
Festaric bear dala
bego Donostiya
beticoa du fama
fama bai ondo mereciya.